La visita
del Papa.
Estoy
sentada en un pedazo de barda de piedra y cemento que sostiene a un barandal de
fierro. Alrededor hay miles de personas esperando poder ver a un solo hombre.
El sol me
cala en la espalda. La temperatura es de 70 grados, corre una leve brisa que
alivia un poco el calor. Enseguida de mí hay un policía federal que está
resguardando la entrada. Desde donde estoy alcanzo a ver el templete donde está
la prensa. Hay cámaras, micrófonos, muchos cables, camarógrafos y reporteros.
Más atrás de eso como a unos doscientos metros se encuentra el altar que se
erigió ex profeso. Son unas paredes de unos dos o tres piso de alto y unos cien
metros de largo. Hay un cristo enorme y
al pie la silla en la que se sentará a quien llamamos Su Santidad el Papa
Francisco.
Llegué a
las inmediaciones del Chamizal, exactamente a la esquina de Malecón y calle
Panamá, a las 11:00 de la mañana con un boleto que marcaba la zona verde. El terreno donde sería la misa
se dividió en cuatro secciones de colores: El color rojo, la zona más cercana
al altar luego la amarilla, la verde y la morada y estas a su vez divididas en
secciones numeradas de hasta quince divisiones.
Hay cinco accesos diferentes, uno
para cada color, separados entre sí
por uno o dos kilómetros de distancia. El boleto tiene impreso en el
reverso el mapa exacto de las secciones. Hay un color azul que es para estar
dentro del estadio acondicionado con pantallas gigante.
Todo
parecía estar bajo control y totalmente organizado. Al menos fue lo que pensé
al llegar.
Empezamos a
recorrer la fila para encontrar donde empezaba y poder formarnos. Somos nueve
las que vinimos. Tres a la sección amarilla y seis a la sección verde.
Caminamos casi un kilómetro hasta encontrar el final de la fila y de ahí seguir
caminando lentamente según se movía la fila. Después de dos horas a cualquiera
le dan ganas de ir al baño. Gracias a buenos samaritanos que prestaron sus
casas pudimos hacerlo. Traemos sándwiches, jugos y agua en bolsas de plástico.
Hay reglas de lo que no se permite introducir. Aparte traemos cojines y cobijas
para poder sentarnos en el suelo. Al ver que la línea era tan larga decidimos
separarnos. Tres fuimos a hacer fila y las otras tres se quedaron esperándonos
sentadas en la banqueta con todo lo que traemos. Después de una hora caminando
lentamente en la fila llegamos a donde habíamos dejado a las otras tres y nos
juntamos. De ahí otra hora hasta la entrada del primer filtro.
Al llegar
ahí había gente arremolinada alrededor de la fila queriendo meterse. Y se
metieron. No podían faltar los
vendedores de todo: Papitas, sodas, aguas, rosarios, banderitas blancas con
amarillo, cachuchas, llaveros y demás chucherías. No se podía pasar con los
palitos que traían las banderitas, así es que a quitarle los palitos. No se
podía pasar con bolsas de aluminio, pues a vaciar las bolsas de papitas en una
bolsa de plástico que los vendedores, yo creo ya sabiendo esto, daban en la
compra de las botanas. ¿Y dónde tiramos lo que no se podía pasar? Donde pudimos
porque los botes para basura brillaron por su ausencia.
Seguimos
caminando y bajamos a lo que llamamos “los hoyos” ahí estaba el otro filtro. Ya
eran las dos de la tarde. Este otro filtro con puertas detectoras de metal y
dos policías en cada mesa revisando las bolsas. Vi que a mi prima le sacaron
una pluma de su bolsa e inmediatamente saqué la que yo traía y me la puse en la
bolsa de mis pantalones. Es con la que estoy escribiendo ahorita y en una
libretita que traigo para la ocasión. Pensé en entretenerme haciendo esto
porque según yo iba a tener mucho tiempo antes de que empezara la misa. Nunca
imaginé que ese tiempo lo perdería parada haciendo fila. ¡Qué ilusiones las
mías!
Cuando
decidí venir aquí, mi hija me advirtió de las calamidades que sufriría. No le
creí. Mi deseo de ver que los mexicanos somos capaces de organizar eventos
multitudinarios con exactitud de cirujano está muy lejos de cumplirse.
Pasamos el
segundo filtro, me impresioné al ver la cuantiosa cantidad de baños portátiles.
Salimos de “el hoyo” y llegamos a la Pérez Serna. Los carriles hacia el oeste
tenían valla, por ahí pasaría el Papa, después otras vallas para entrar a las
zonas de colores, buscar la sección y disponerse a disfrutar de ésta única
oportunidad de la vida. ¡Ya no hay cupo! Nos dicen. ¡¿Quéeee?!.
“Tuvimos
que cerrar, ya no cabe más gente”. Dice el policía. ¿Y ahora, qué hacemos? Lo mismo que se preguntaban cientos de gentes
que ya no pudieron entrar. Seguir caminando. Buscar un lugar donde poder ver lo
mejor posible. Encontramos un lugar cerca de la prensa y desde donde podemos
ver el magnífico altar. Claro, verlo desde muy, muy lejos. Pero, al menos, aquí
no había tanta gente.
Hablamos
con las otras tres, las que tenían boleto en zona amarilla, seguras de que
ellas sí habían podido entrar. Equivocación. Tampoco pudieron entrar. A ellas
les fue peor. Caminaron mucho más que nosotras y estaban, junto con cientos de
personas, atoradas en la entrada del segundo filtro. ¡Ya no dejaban entrar a
nadie desde hacía más de una hora! Había una acumulación de gente que daba
miedo, mucho miedo. Les doy instrucciones de donde estamos para que se vengan y
estar todas juntas.
La entrada
para la zona amarilla está atrás del altar por la Pérez Serna como a medio
kilómetro. La gente desesperada de que
ya no los dejaban entrar empezaron
derribar la valla, tuvo que llegar la policía a poner orden. Entonces
vieron que sí bajaban por el hoyo podían llegar a la entrada en la que nosotros
estábamos. ¡Y allá van todos, casi corriendo! Entre ellos mis dos primas y la
tía de una de ellas que vino desde California.
Me moví
hacía unas vallas vacías de gente para poder verlas cuando llegaran. En eso veo
que viene un mar de gente caminando apresuradamente, casi corriendo hacía donde
yo estaba, nada más protegida por un pedazo de valla, fácilmente derivable, los
primeros en llegar abrieron un espacio como a dos metros de donde yo estoy y
empezaron a pasar, antes de que llegara la policía. Me dio la impresión de
estar viendo un dique cuando cae estrepitosamente ante la presión del agua que
violenta busca su cauce. ¡Quedé paralizada! Sólo esperando que llegara la
policía. Cómo por inercia extendí mi brazo derecho y abrí la palma de mi mano
en señal de alto, esperando que esto me protegiera. Oí el grito de mi prima
pidiendo que regresara con ellas, le contesté que estaba bien y que ahí me
quedaba a esperar a las otras. ¡Qué necedad la mía! Llegó la policía, puso
orden, cerraron el espacio de la valla y el mar de gente se desvió hacia otro
acceso. Caminé dos metros, me subí a la bardita aferrada al barandal hasta que
llegaron las otras tres.
Pude estar
medianamente cómoda sentada gracias al cojín y poder escribir esto. Ya estamos
todas juntas y en un lugar que nos parece seguro. Alcanzó a ver a los de la
prensa y ahí está Maria Antonieta Collins. Si no me toca ver al Papa de perdida
ya conocí a ésta gran reportera.
Aquí
sentada me pregunté tantas cosas. Pero eso ya será otra historia.
Al final
del via crucis sí lo pude conocer.
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