jueves, 18 de febrero de 2016

La visita del Papa.
Estoy sentada en un pedazo de barda de piedra y cemento que sostiene a un barandal de fierro. Alrededor hay miles de personas esperando poder ver a un solo hombre.
El sol me cala en la espalda. La temperatura es de 70 grados, corre una leve brisa que alivia un poco el calor. Enseguida de mí hay un policía federal que está resguardando la entrada. Desde donde estoy alcanzo a ver el templete donde está la prensa. Hay cámaras, micrófonos, muchos cables, camarógrafos y reporteros. Más atrás de eso como a unos doscientos metros se encuentra el altar que se erigió ex profeso. Son unas paredes de unos dos o tres piso de alto y unos cien metros de largo.  Hay un cristo enorme y al pie la silla en la que se sentará a quien llamamos Su Santidad el Papa Francisco.
Llegué a las inmediaciones del Chamizal, exactamente a la esquina de Malecón y calle Panamá, a las 11:00 de la mañana con un boleto que marcaba  la zona verde. El terreno donde sería la misa se dividió en cuatro secciones de colores: El color rojo, la zona más cercana al altar luego la amarilla, la verde y la morada y estas a su vez divididas en secciones numeradas de hasta quince divisiones.  Hay cinco accesos diferentes, uno  para cada color, separados entre sí  por uno o dos kilómetros de distancia. El boleto tiene impreso en el reverso el mapa exacto de las secciones. Hay un color azul que es para estar dentro del estadio acondicionado con pantallas gigante.
Todo parecía estar bajo control y totalmente organizado. Al menos fue lo que pensé al llegar.
Empezamos a recorrer la fila para encontrar donde empezaba y poder formarnos. Somos nueve las que vinimos. Tres a la sección amarilla y seis a la sección verde. Caminamos casi un kilómetro hasta encontrar el final de la fila y de ahí seguir caminando lentamente según se movía la fila. Después de dos horas a cualquiera le dan ganas de ir al baño. Gracias a buenos samaritanos que prestaron sus casas pudimos hacerlo. Traemos sándwiches, jugos y agua en bolsas de plástico. Hay reglas de lo que no se permite introducir. Aparte traemos cojines y cobijas para poder sentarnos en el suelo. Al ver que la línea era tan larga decidimos separarnos. Tres fuimos a hacer fila y las otras tres se quedaron esperándonos sentadas en la banqueta con todo lo que traemos. Después de una hora caminando lentamente en la fila llegamos a donde habíamos dejado a las otras tres y nos juntamos. De ahí otra hora hasta la entrada del primer filtro.
Al llegar ahí había gente arremolinada alrededor de la fila queriendo meterse. Y se metieron.  No podían faltar los vendedores de todo: Papitas, sodas, aguas, rosarios, banderitas blancas con amarillo, cachuchas, llaveros y demás chucherías. No se podía pasar con los palitos que traían las banderitas, así es que a quitarle los palitos. No se podía pasar con bolsas de aluminio, pues a vaciar las bolsas de papitas en una bolsa de plástico que los vendedores, yo creo ya sabiendo esto, daban en la compra de las botanas. ¿Y dónde tiramos lo que no se podía pasar? Donde pudimos porque los botes para basura brillaron por su ausencia.
Seguimos caminando y bajamos a lo que llamamos “los hoyos” ahí estaba el otro filtro. Ya eran las dos de la tarde. Este otro filtro con puertas detectoras de metal y dos policías en cada mesa revisando las bolsas. Vi que a mi prima le sacaron una pluma de su bolsa e inmediatamente saqué la que yo traía y me la puse en la bolsa de mis pantalones. Es con la que estoy escribiendo ahorita y en una libretita que traigo para la ocasión. Pensé en entretenerme haciendo esto porque según yo iba a tener mucho tiempo antes de que empezara la misa. Nunca imaginé que ese tiempo lo perdería parada haciendo fila. ¡Qué ilusiones las mías!
Cuando decidí venir aquí, mi hija me advirtió de las calamidades que sufriría. No le creí. Mi deseo de ver que los mexicanos somos capaces de organizar eventos multitudinarios con exactitud de cirujano está muy lejos de cumplirse.
Pasamos el segundo filtro, me impresioné al ver la cuantiosa cantidad de baños portátiles. Salimos de “el hoyo” y llegamos a la Pérez Serna. Los carriles hacia el oeste tenían valla, por ahí pasaría el Papa, después otras vallas para entrar a las zonas de colores, buscar la sección y disponerse a disfrutar de ésta única oportunidad de la vida. ¡Ya no hay cupo! Nos dicen. ¡¿Quéeee?!.
“Tuvimos que cerrar, ya no cabe más gente”. Dice el policía. ¿Y ahora, qué hacemos?  Lo mismo que se preguntaban cientos de gentes que ya no pudieron entrar. Seguir caminando. Buscar un lugar donde poder ver lo mejor posible. Encontramos un lugar cerca de la prensa y desde donde podemos ver el magnífico altar. Claro, verlo desde muy, muy lejos. Pero, al menos, aquí no había tanta gente.
Hablamos con las otras tres, las que tenían boleto en zona amarilla, seguras de que ellas sí habían podido entrar. Equivocación. Tampoco pudieron entrar. A ellas les fue peor. Caminaron mucho más que nosotras y estaban, junto con cientos de personas, atoradas en la entrada del segundo filtro. ¡Ya no dejaban entrar a nadie desde hacía más de una hora! Había una acumulación de gente que daba miedo, mucho miedo. Les doy instrucciones de donde estamos para que se vengan y estar todas juntas.
La entrada para la zona amarilla está atrás del altar por la Pérez Serna como a medio kilómetro.  La gente desesperada de que ya no los dejaban entrar empezaron  derribar la valla, tuvo que llegar la policía a poner orden. Entonces vieron que sí bajaban por el hoyo podían llegar a la entrada en la que nosotros estábamos. ¡Y allá van todos, casi corriendo! Entre ellos mis dos primas y la tía de una de ellas que vino desde California.
Me moví hacía unas vallas vacías de gente para poder verlas cuando llegaran. En eso veo que viene un mar de gente caminando apresuradamente, casi corriendo hacía donde yo estaba, nada más protegida por un pedazo de valla, fácilmente derivable, los primeros en llegar abrieron un espacio como a dos metros de donde yo estoy y empezaron a pasar, antes de que llegara la policía. Me dio la impresión de estar viendo un dique cuando cae estrepitosamente ante la presión del agua que violenta busca su cauce. ¡Quedé paralizada! Sólo esperando que llegara la policía. Cómo por inercia extendí mi brazo derecho y abrí la palma de mi mano en señal de alto, esperando que esto me protegiera. Oí el grito de mi prima pidiendo que regresara con ellas, le contesté que estaba bien y que ahí me quedaba a esperar a las otras. ¡Qué necedad la mía! Llegó la policía, puso orden, cerraron el espacio de la valla y el mar de gente se desvió hacia otro acceso. Caminé dos metros, me subí a la bardita aferrada al barandal hasta que llegaron las otras tres.
Pude estar medianamente cómoda sentada gracias al cojín y poder escribir esto. Ya estamos todas juntas y en un lugar que nos parece seguro. Alcanzó a ver a los de la prensa y ahí está Maria Antonieta Collins. Si no me toca ver al Papa de perdida ya conocí a ésta gran reportera.
Aquí sentada me pregunté tantas cosas. Pero eso ya será otra historia.
 Al final del via crucis sí lo pude conocer.

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