Título: Archivo muerto
Autor:
Lucy Galván
Ese
cajón lo abro muy pocas veces. Casi nunca.
—Tal vez
lo podrías abrir hoy. Me dijo
Sonia mientras hacíamos nuestra caminata diaria.
—Si. Tal vez. Déjame hacer un poco de memoria—. Contestó Lucía.
— ¿Porque? —Preguntó Sonia. —¿Te duele? —
—Hay un poco de eso. Antes lo disfrutaba, pero ya
no—. Le dije.
Y es que lo
recordaba tanto que un día empezó a dolerme. Lo soñaba muy seguido y había días
en que confundía la realidad con lo soñado. Un día le ordené a mi mente que cerrara ese
archivo, cómo se dice en computación, y tengo años que no lo abro.
—Pero ésta vez me voy a dar
una asomadita—.
Así empezó todo: Cuándo tenía 18 años, acababa de
terminar una carrera técnica y encontré trabajo cómo recepcionista en un
despacho de abogados. No tenía
experiencia en nada. Y digo en nada.
Cómo al año de estar
trabajando ahí lo conocí. Ese día no se me va a olvidar nunca. Aunque, cómo te
digo trato de no abrir ése archivo.
Mi escritorio
quedaba en un desnivel. Había dos escalones que bajaban a la puerta trasera del
despacho, era la puerta que usaban los abogados. Tenía que voltear hacia la
derecha y luego para abajo si quería ver quien entraba. Ese día miré casi por
instinto. Creía que era mi jefe, pero me equivoqué. Era casi una aparición divina. Me quedé viéndolo
cómo si se tratara de una alucinación y se me fue el aliento. He de haber
parecido bastante tonta, con la boca abierta.
Entró
y muy quitado de la pena subió los dos escalones. Se paró frente a mí y me
dijo:
—Hola, soy
Francisco Javier, el hijo del licenciado Saldaña. Con una voz, tan segura,
gutural y ronca, que nunca había oído.
Y yo, después de un rato que
encontré la compostura al fin le contesté.
—Este, ¿qué? ¿quién? ¿Buscas a tu papá?
Solamente se
sonrió. ¡Dios! ¡Qué sonrisa!.
Después, de ese
día, él me contó que cuándo me vio le
causé muy buena impresión. Eso traducido quiere decir que yo también le gusté.
Se sentó en el
despacho a esperar a su papá, muy quitado de la pena y yo, como no queriendo la
cosa, fuí a preguntarle si se le ofrecía algo. Creo que fui dos veces. O tres. No podía dejar de mirarlo. Me
hechizaba.
Él había terminado su carrera de abogado en otra
ciudad y venía a hacer su servicio al despacho. Nos seguimos viendo todos los
días. Yo esperaba cualquier oportunidad para ir a su oficina y preguntarle lo
primero que venía a la mente. Un día me senté y empezamos a platicar. Haciéndolo
parecer muy casual, pero fríamente premeditado por mi parte. Yo sentía que a él
no le disgustaba del todo. Y, dada mi gran experiencia, sabía que le
interesaba. Si, ¡Cómo no!. Dijo mi subconsciente.
En las semanas siguientes
nos fuimos haciendo más amigos. Él me contaba muchas cosas. De cuándo había
estado fuera estudiando, de lo difícil que fue estar lejos de la familia y me
ilustraba en otras tantas de las que yo no había oído nunca. Por ejemplo, él me
enseñó a diferencias el sabor, el color y la textura de los vinos. En mi vida
había yo tomado vino. Él me enseño con una delicadeza única, me llevó de la
mano cómo un experto. Y yo me dejé guiar.
La primera vez
que me besó fue saliendo de un bar, un barecito pequeño, muy acogedor, yo creo
que a propósito lo escogió para la ocasión. Cuando llegamos a su carro abrió la
puerta para que yo me subiera, le dio la vuelta y se subió él, se sentó echó a
andar el carro, pero no lo arrancó, volteó hacía mí, yo lo estaba mirando y
esperando al mismo tiempo, se agachó un poco y nuestros labios se juntaron.
¡Dios! ¡Qué sensación! Quisiera poder describirla. Sólo piensa que fue cómo si
dentro de mí hiciera erupción un volcán pero de una manera muy suave, muy
lenta, quemándome muy dulcemente. Si es que quemar puede ser dulce. Así se
siente cuando uno se empieza a enamorar.
Después de ése
día empezamos a vernos, besarnos y acariciarnos en su oficina, cada vez con
caricias más atrevidas y ardientes. Aprovechábamos los momentos en que nos
quedábamos solos, a propósito éramos los últimos en salir. Me tocaba y yo sentía que me iba al cielo. Al principio
esperábamos que los demás se fueran. Ya después de plano cerrábamos la puerta
de su oficina.
Siempre fue un
acuerdo no hablado que nadie se debía enterar de nuestra relación. Él tenía y
llevaba una vida muy diferente a la mía. Éramos de distintos mundos. Yo lo
sabía perfectamente, pero me encantaba asomarme a su mundo. No permitía que él
se asomara al mío. Mi mundo era mío y ahí era muy feliz también. Él no cabía
ahí. Sabía que tenía que disfrutar de esto mientras durara. Y era consciente
que iba a durar unos meses nada más. Llegó el momento en que deseé que ya se
fuera, me estaba enamorando desde la punta del pelo hasta los tuétanos.
Llegó el
momento tan deseado y a la vez tan temido en lo profundo de nuestra conciencia,
pero que casi siempre gana el deseo al temor y más si en ese anhelo lleva una
carga importante de amor. Tan romántico y dramático como se oye. Igualito que
en las novelas.
Cuándo revivo
esos días, casi soy capaz de volver a sentir en mi piel su sabor.
—Cómo fue? —Preguntó Sonia casi sin aliento y los ojos
muy abiertos.
Le contesté: —¿Tú crees que existe la levitación?
Hizo un gesto de desesperación. No esperaba
una pregunta, quería una respuesta.
—¿Qué és eso? —Me dijo casi con coraje. —¡Ya dime!.
—Es cuándo un cuerpo se halla en suspensión, sin nada que
lo sostenga. Que flota. —Contesté y mi mirada se perdió allá muy lejos.
—No. No creo. ¿Porqué?
—Debes de creerlo —le dije.
—Sí sucede. Ese día, ¡te lo juro! ¡levité!.
¡Felicidades Lucy!, muy buen relato, me encanto como remataste al final :)
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