miércoles, 10 de junio de 2015

Pan y vino

Sólo ella lo sabía. Los que la conocían se preguntaban qué le había pasado.
      ¿Cómo es que se convirtió en una mujer así? Totalmente distinta a quién había sido. ¿Qué era lo que la hizo cambiar tanto?.
     Hacía algunos años había tenido una conversación con su hermano. Ella lo quería mucho y se preocupaba  por él ya que tenía un problema muy serio con su forma de beber. Ella y sus hermanos habían tratado de ayudarlo muchas veces. Él no entendía, creía que todo estaba bien y en su justo lugar. Siempre que le decían algo sobre su problema parecía que no los oía. Se les quedaba viendo y nomás meneaba la cabeza.
     Un día Lucía le preguntó?
—¿Por qué tomas así?
—Porque me gusta. 
—¿Así nomás, porque te gusta?                                           
—Sí, porque me gusta. Reafirmó.
    Esa era la respuesta a todo. Así de simple y sencillo. ¿Cómo no se le ocurrió antes? ¿Cómo no se les ocurrió antes a ella y a sus otros hermanos?
—Ah!. que la canción! Tanto que se habían devanado los sesos para encontrar la razón. — Pensó Lucía.
      Se preguntaban una y mil veces cuál sería su problema, que si tenía algún trauma desde niño, que si estaba deprimido, que si estaba frustrado, que si le faltaba un tornillo. Y nada, no había ningún problema, no había depresión, ni frustración ni nada suelto. Todo se resumía a una cuestión de gustos.
     Estas tres palabras se le quedaron grabadas en la mente, como cinceladas. "Porque me gusta". No había nada más que preguntar.
     Ahora ya tenía la respuesta. Pero, ¿sería también la solución?
     En éso, le vino a la mente que a ella también le gustaba mucho comer pan. ¿qué digo le gustaba?. ¡Le encantaba!. Y sí a su hermano le gustaba tanto tomar y por éso lo hacía, pues ella también comería pan a diestra y siniestra que al cabo que de éso se trataba, de comer y beber lo que nos gusta.
—¡Pues que así sea! ¡A darle rienda suelta a los apetitos!. Pensó.
    Y se dispuso a comer pan. Para almorzar empezaba con unos huevos fritos acompañados de pan blanco, luego unos cuernitos con mantequilla, una dona y un simón con el café.
  En la comida, dejó a un lado las tortillas, por pan del que hubiera, de blanco, de caja tostado o sin tostar, y no uno ni dos, sino tres o cuatro con cada comida. De postre una dona de chocolate o un kekito de nuez o unos polvorones. En la noche, cuándo la despertaba el hambre se comía unas donitas azucaradas.
     Al cabo de unos meses la muchacha esbelta que siempre había sido empezó a desaparecer. Así cómo había desaparecido el hombre que fue su hermano. La bebida lo había cambiado, ya era otro.
     Lucía también estaba cambiando. De haber sido una varita de nardo, ahora era un fardo de marinero. No le importaba nada, sólo comer pan. 
     Su familia también sufrió cambios, igual que la de su hermano. No entendían porque Lucía hacía eso. En el trabajo llegaba tarde, faltaba y se  volvió deficiente. Tenía excusas para todo y siempre encontraba una salida comiendo pan.
    En la casa, su esposo se desesperaba y trató de comprenderla, primero habló con ella de buena manera, pero cuando vió que no entendía por las buenas, se enojó y le dejó de hablar y a veces le llegó a gritar. Nada funcionó. Ella seguía comiendo pan.
   Sus hijos oían discusiones interminables o silencios que parecían eternos. Llegaron a creer que lo único que de verdad le importaba a su mamá era el pan que se engullía a todas horas.
     La buena relación que antes tenía con sus hermanos se deterioró. Unos le reclamaban su actitud de abandono, otros la regañaban, otros la ignoraban. Pero de todos modos, seguían llevando pan a las reuniones.
     Su mamá se cansó de rogarle que entendiera que se hacía mal y que le dolía en el alma que terminara divorciándose. Ni por enterada se dió.
     En la única parte en la que Lucía se sentía a gusto era con sus amigas y algunos de sus familiares, que también comían pan igual que ella. Cuando se juntaban llenaban canastas enteras de diferentes panes y se podían pasar la noche entera entre risas, plática y comida.  
     Aunado a los cambios en su cuerpo, empezó a sentir celos incontrolables, también sus sentimientos estaban cambiando.
     Así pasaron tres años y Lucía creyó entender, al fin, el infierno en que vivía su hermano. Era muy díficil sentir el rechazo, la hostilidad y los reclamos. Vivir con un constante sentimiento de culpabilidad. Lidiar con el sentimiento que la atormentaba cada vez que se excedía. Era lacerante despertar llena de remordimientos, pensar todos los días que se iba a moderar y no cumplirlo. Comer pan era lo único que la confortaba. Así de cruel era el círculo vicioso en el que se encontraba su hermano. Ahora lo entendía.
—¡Tiene que haber una solución, y la voy a encontrar! Se dijo.
      Un día, alguien la invitó a un congreso sobre los excesos. No se le antojó mucho ir porque le dijeron que no iba a ver pan, pero, finalmente se forzó a ir.
     Ahí aprendió que no hay nada malo en hacer lo que nos gusta. Lo malo es que dañamos a terceros. Y Se acordó de algo que le dijo su hermano un día que ella lo regañó.
—¡Ya párale!. ¡ Ya tomaste mucho!. Le dijo Lucía, enojada.
—¿Cuánto es mucho? ¿Quien tiene la medida?. Contestó él, con cierto cinismo.
     No supo que contestarle en ése momento, pero ahora estaba oyendo la respuesta:
—“La medida es uno mismo”. "El querer hacer siempre lo que nos gusta, sin importar a quién arrastremos
     Hasta hoy, sigue soñando con el día en que su hermano quiera.
en nuestro camino, sólo nos lleva a la frustración y a la soledad”.  Dijo el congresista.
   Después de ése día buscó más ayuda y encontró un grupo espiritual. No era lo de ella, pero se forzó a ir.  Lo que aprendió ahí, lo sigue predicando:
—“Querer, es un verbo muy poderoso, querer darnos cuenta, querer cambiar, querer dejar vicios, querer ser mejores, querer querernos” —Dijo el hombre en el estrado.

     Y ése día Lucía quiso.  Hasta hoy, espera el día en que su hermano quiera.

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