A Luz Maria Chavira, mi maestra de piano.
Conocí a
Luz María hace muchos años, haciendo otra de sus pasiones: Vender Jafra.
Hace cuatro años la volví a
encontrar en una evento navideño en el Cibeles.
Ese día habían hecho unas rifas y por el micrófono dijeron su nombre.
¡Luz María Chavira ganadora de una canasta!. La vi caminar hacia el estrado,
nadie más podría caminar así, como ella, con esa agilidad, contoneándose como
un barquito que lo mueve no una brisa sino algo más fuerte y acompañando sus
pasos una sonrisa plena y unos ojos luminosos, siempre luminosos. Así era ella,
contagiaba la euforia que sentía por la vida misma.
Fui a donde ella estaba vendiendo
sus productos Jafra. Me presenté y, claro no podía faltar el:
—¿Te acuerdas de mí?
Contestó que sí, aunque ella
jamás le hubiera dicho a nadie que no se acordaba. Le pregunté que si todavía
daba clases de piano. Casi contuve el aliento esperando la respuesta. Siempre
había querido aprender a tocar y deseaba que ella fuera la que me enseñara. La
respuesta fue afirmativa.
Y ahí empezó la aventura que yo
había estado postergando por décadas.
Llegué
muy puntual el día que acordamos con mi libro y un lápiz, como ella me había
dicho. Tiene que ser lápiz porque borramos a cada rato.
La primera vez que toqué las
teclas de su piano me sentí elevada al cielo. Las acaricié y me entretuve en
cada uno de sus sonidos. Ella, sentada enseguida, me dirigía con la dulzura de
quien le enseña las primeras letras a su hijo. Me dijo que tenía que decirle adiós a mis largas uñas. Eso no sería impedimento.
Miraba sus dedos y sus manos, parecían muñecos danzando en el teclado. Me
maravillaba su forma de tocar y el amor que le ponía a cada lección. Fui
aprendiendo a conocerla y me di cuenta que todo lo que realizaba lo hacía con
pasión. Si era vender, si era dar
lecciones, amenizar en algún restaurant, tocar para una fiesta privada, lo
hacía y disfrutaba enormemente. Era contagiosa su alegría. No se podía estar
triste si ella estaba tu lado.
Después de un tiempo compré mi
piano, que ella misma me vendió. Vino a instalarlo y a afinarlo su compañero de
vida.
Era como haber comprado una
estrella y exhibirla en la sala de mi casa. Irradiaba la misma luz que Luz
María, yo creo por eso tenía ese nombre.
Si alguna vez hubiera yo sabido
que la mujer que veía llegar cada lunes, a las doce en punto, a enseñarme
música, era una mujer que había tenido
una vida llena de logros en su carrera como pianista, compositora, concertista,
maestra y madre, debería yo de haberle tendido una alfombra roja para que
caminara hasta donde nos esperaba el piano, su silla y mi banco.
Desde aquí
mi agradecimiento eterno.
Muy bonito homenaje para alguien que dedicó su vida al arte.
ResponderBorrar