lunes, 9 de noviembre de 2015

 A Luz Maria Chavira, mi maestra de piano.

Conocí a Luz María hace muchos años, haciendo otra de sus pasiones: Vender Jafra.
               Hace cuatro años la volví a encontrar en una evento navideño en el Cibeles.  Ese día habían hecho unas rifas y por el micrófono dijeron su nombre. ¡Luz María Chavira ganadora de una canasta!. La vi caminar hacia el estrado, nadie más podría caminar así, como ella, con esa agilidad, contoneándose como un barquito que lo mueve no una brisa sino algo más fuerte y acompañando sus pasos una sonrisa plena y unos ojos luminosos, siempre luminosos. Así era ella, contagiaba la euforia que sentía por la vida misma.
               Fui a donde ella estaba vendiendo sus productos Jafra. Me presenté y, claro no podía faltar el:
               —¿Te acuerdas de mí?
               Contestó que sí, aunque ella jamás le hubiera dicho a nadie que no se acordaba. Le pregunté que si todavía daba clases de piano. Casi contuve el aliento esperando la respuesta. Siempre había querido aprender a tocar y deseaba que ella fuera la que me enseñara. La respuesta fue afirmativa.
               Y ahí empezó la aventura que yo había estado postergando por décadas.
               Llegué muy puntual el día que acordamos con mi libro y un lápiz, como ella me había dicho. Tiene que ser lápiz porque borramos a cada rato.
               La primera vez que toqué las teclas de su piano me sentí elevada al cielo. Las acaricié y me entretuve en cada uno de sus sonidos. Ella, sentada enseguida, me dirigía con la dulzura de quien le enseña las primeras letras a su hijo. Me dijo que  tenía que decirle adiós a mis largas uñas. Eso no sería impedimento.

                Miraba sus dedos y  sus manos,  parecían muñecos danzando en el teclado. Me maravillaba su forma de tocar y el amor que le ponía a cada lección. Fui aprendiendo a conocerla y me di cuenta que todo lo que realizaba lo hacía con pasión. Si era vender,  si era dar lecciones, amenizar en algún restaurant, tocar para una fiesta privada, lo hacía y disfrutaba enormemente. Era contagiosa su alegría. No se podía estar triste si ella estaba tu lado.
               Después de un tiempo compré mi piano, que ella misma me vendió. Vino a instalarlo y a afinarlo su compañero de vida.
               Era como haber comprado una estrella y exhibirla en la sala de mi casa. Irradiaba la misma luz que Luz María,  yo creo por eso tenía ese nombre.
               Si alguna vez hubiera yo sabido que la mujer que veía llegar cada lunes, a las doce en punto, a enseñarme música,  era una mujer que había tenido una vida llena de logros en su carrera como pianista, compositora, concertista, maestra y madre, debería yo de haberle tendido una alfombra roja para que caminara hasta donde nos esperaba el piano, su silla y mi banco.


Desde aquí mi agradecimiento eterno.

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